Escribo de una de las peores maneras que se pueden: en caliente. Con algo que me inquieta en la cabeza y a medio camino entre la rabia, el remordimiento y un chute de autoestima. Me acaban de llamar para trabajar en una de las fundaciones más importantes de Europa. No es la ONU, pero sí que es una de las que más proyectos sociales mueve en España. Y no puedo incorporarme. ¿Por qué? Por ese maldito sentido de la responsabilidad. Llevo 8 años vinculado a la institución de mi actual trabajo, a la que debería avisar con al menos un mes de antelación. Tampoco puedo abandonar ahora mismo un estudio que se está llevando a cabo. No sin al menos 15 días de antelación. Pero la fundación no puede esperar, la incorporación es prácticamente inmediata. Las ofertas sociales escasean en este país, encima no era nada mala, además decir que has trabajado para ellos debería estar escrito en letras de oro y mayúsculas en el currículum, pero no puedo largarme así por las buenas de donde estoy. Me gusta hacer las cosas bien.
¡Maldito Pepito Grillo! Busco mil excusas para autocomplacerme: eran sólo 3 meses, me dijeron que la plantilla estaba completa y no había posibilidad de incorporación, que únicamente era un refuerzo puntual.
El “Y si…” aparece en mi cabeza. Intentaré estar ocupado para que los remordimientos no se me coman.
PD: Mensaje para Marta, la chica con la que coincidí en el ascensor y que hizo la entrevista antes que yo: si por casualidad das con este blog espero que la escogida hayas sido tú.
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