Últimamente todo el mundo me pregunta “¿No tienes Facebook?” y se sorprenden cuando les respondo con un “No, y de momento no me lo pienso hacer”. El debate sobre las redes sociales está muy calentito y la polémica está servida.

Internet es un gran hermano sin Mercedes Milá (por suerte o por desgracia) en el que cuando publicas tu vida no sabes quién la está leyendo. Es por ese motivo que suelo hablar poco de mi vida personal (nadie es más interesado que yo mismo) ni publico a bombo y platillo cuántas veces me voy de viaje (lo hago, publico las fotos, un resumen y comparto experiencias).  En contadas ocasiones digo el dinero que me gasto o dejo de gastar.

De la misma manera los que seguís el blog habreis visto que apenas hay una foto mía en él, y otra más de Pelocho (con su consentimiento, por supuesto). El día que me apetezca las borro y nadie más que yo habrá tenido la propiedad del material que haya puesto en él. Nada de cláusulas que digan que aunque yo borre mi espacio las fotos seguirán siendo propiedad de otros. Aquí soy yo el dueño de mis fotos.

Pero las redes sociales (excluyo a aquellas redes de perfiles laborales y profesionales) son utilizadas a menudo para ejercer el deporte nacional de este país (la envidia) y demostrar que somos los más fiesteros, los que más nos emborrachamos, el coche que nos hemos comprado, los que mejor cuerpo tenemos y lucimos éxito a costa de vender nuestra intimidad a no sabemos quién.

Es por ese motivo que aquí hablo mayoritariamente de cosas que me gustan (tecnología, economía, viajes, móviles, sociedad…) y algo menos de mi vida privada. Creo que Internet es compartir, pero no publicar a los cuatro vientos la vida privada de nadie. No olvideis que los datos personales tienen un precio, y muy alto.

Y me da igual que mi alojamiento y dominio no sean gratis, pero prefiero pagar una cantidad pequeña al año (lo que cuesta una cena) que tener que vender mis fotos, mi vida y mi alma al diablo.


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